A Leo no le gustaba el jardín después del atardecer.
De día estaba lleno de hojas de limonero, árboles bajos, piedras y macetas de barro. De noche, las mismas cosas se volvían sombras. Una rama parecía un brazo. Una maceta parecía un animal agachado. El sendero parecía más largo.
Una tarde su tía le dio una cesta pequeña de mimbre.
«Esta noche recogeremos sombras buenas.»
Leo frunció el ceño. «Las sombras no son buenas.»
«Miremos despacio.»
Encendieron dos farolillos. La primera sombra venía del naranjo pequeño. En la pared parecía grande y extraña.
«¿Qué podría ser?», preguntó la tía.
«Un monstruo.»
«Mira otra vez.»
Leo observó. La sombra se movía cuando se movían las hojas. Tenía frutas redondas, igual que el árbol.
«Quizá un gigante cansado con naranjas en los bolsillos.»
«Bien. A la cesta.»
Leo fingió levantar la sombra con cuidado y colocarla en la cesta. Enseguida pareció más ligera.
Recogieron la sombra de la regadera, que se volvió un pájaro de cuello largo. La sombra de la silla se convirtió en un caballo dormido. La sombra de la maceta de albahaca se volvió una montañita.
Cada vez que Leo miraba despacio, el miedo cambiaba de forma.
No desaparecía de golpe. Pero se ablandaba.
Al final la cesta parecía llena de cuentos tranquilos.
«¿Qué hacemos con ellas?»
«Las guardamos para las noches en que la oscuridad olvida ser amable.»
Leo llevó la cesta a su habitación y la puso junto a la cama.
Desde entonces, cuando una sombra lo asustaba, no corría enseguida. Preguntaba: «¿Qué otra cosa podrías ser?»
A veces todavía llamaba a alguien. Eso estaba permitido.
Pero muchas veces la sombra respondía: soy solo un árbol, una silla, una maceta, esperando que me miren con delicadeza.
