En la cocina de Giulia había mayólicas azules, pan tibio y una linterna pequeña colgada junto al fregadero.
De día era una linterna normal. Por la noche, antes de dormir, se comportaba de otra manera.
Brillaba solo después de los gestos hechos con cuidado.
Giulia lo descubrió por casualidad. Entró con las manos pegajosas de mermelada y quiso coger un trozo de pan. La abuela levantó una ceja.
«Primero las manos.»
Giulia suspiró y fue al fregadero. Frotó demasiado deprisa.
La linterna siguió apagada.
«No lavadas. Solo mojadas», dijo.
Giulia se quedó mirando.
La abuela sonrió como si las linternas hablaran todas las noches.
Entonces Giulia lo intentó de nuevo. Agua, jabón, palmas, dedos, uñas, aclarar, toalla. La linterna se encendió.
Un círculo dorado apareció en la pared.
«¿Qué más sabes?», preguntó Giulia.
La linterna brilló cuando dobló la servilleta. Brilló cuando llevó el vaso al fregadero. Brilló cuando se lavó los dientes sin prisa. Brilló cuando puso las zapatillas junto a la cama.
«Son cosas pequeñísimas», dijo Giulia.
«Puertas pequeñísimas», respondió la linterna.
«¿Hacia dónde?»
«Hacia el descanso.»
Esa noche Giulia notó que a su cuerpo le gustaba el orden de los gestos. Manos limpias, dientes limpios, ropa doblada, agua junto a la cama. Cada acción le decía al día: ya puedes detenerte.
La linterna no brillaba por la perfección. Cuando Giulia olvidaba algo y volvía a hacerlo con calma, brillaba aún más cálida.
Desde entonces no vio la rutina de la noche como una lista aburrida. Era una pequeña procesión de luces.
Y cuando la última luz se apagaba, el corazón ya estaba preparado para los sueños.
