El algarrobo estaba al borde del campo, oscuro y ancho, con ramas que parecían más antiguas que el camino.
A Tina le gustaba sentarse debajo. Llevaba cuadernos, piedras, preguntas y a veces una rebanada de pan. Una tarde dijo:
«Quiero que mi sueño ocurra mañana.»
El algarrobo movió una hoja.
«¿Qué sueño?»
«Quiero hacer un jardín, escribir un libro, aprender guitarra, viajar y tener una casa con una puerta azul.»
«Eso no es un sueño», dijo el árbol. «Es una cesta.»
Tina suspiró. «Entonces quiero la cesta mañana.»
El algarrobo dejó caer una vaina a sus pies.
«Ábrela.»
Dentro había semillas duras, lisas y marrones.
«Estas semillas duermen mucho tiempo», dijo el árbol. «No se convierten en sombra en una mañana.»
Tina se decepcionó. «Es demasiado lento.»
«Lento no significa nada.»
El árbol le contó su historia: primero una semilla en tierra seca, luego dos hojas pequeñas, después años de viento, cabras, lluvia, calor y paciencia. Nadie lo llamó importante cuando era pequeño. Sin embargo, ahora todos usaban su sombra.
Tina sostuvo una semilla en la palma.
«¿Qué hago con mi cesta de sueños?»
«Elige una semilla para esta noche.»
Tina eligió el jardín. A la mañana siguiente plantó albahaca en una maceta. No era un jardín todavía. Era una semilla de la cesta.
La semana siguiente escribió tres líneas en un cuaderno. No era un libro. Una semilla.
Por las tardes volvía al algarrobo y contaba.
El árbol nunca la apuraba. Solo preguntaba: «¿Qué ha crecido hoy?»
Algunos sueños necesitarían años. Tina lo entendió. Pero ya no se sentía vacía mientras esperaba. Había empezado.
Y bajo el algarrobo, los sueños largos parecían menos lejanos.
