En la terraza de noche, con el mar oscuro abajo y las luces del pueblo detrás, Marco encontró un bolsillo colgado del cielo.
Era pequeño, azul y atado a un rayo de luna.
Dentro había estrellitas.
«¿Son para mí?», preguntó.
El cielo respondió: «Para cuidarlas, no para poseerlas.»
Marco tomó el bolsillo con cuidado. Las estrellas eran tibias como luciérnagas, pero más ligeras. No quemaban. Temblaban cada vez que él se movía demasiado deprisa.
«¿Qué debo hacer?»
«Llevarlas con delicadeza hasta la mañana.»
Al principio Marco se sintió orgulloso. Corrió a enseñárselas a su hermana, pero las estrellas se apagaron un poco.
Se detuvo.
«Oh.»
El cielo habló de nuevo. «La responsabilidad no es mostrar que algo es tuyo. Es recordar lo que necesita.»
Marco se sentó en la silla de paja. Sostuvo el bolsillo quieto. Las estrellas volvieron a brillar.
Durante la noche aprendió a cuidarlas. Necesitaban silencio, no presión. Un poco de oscuridad, no demasiada luz. Un lugar seguro lejos de la pata curiosa del gato. Les gustaba que las contaran bajito, pero no que las sacudieran.
Una estrella se escapó y rodó hacia el borde de la terraza. Marco no la agarró con brusquedad. Puso la mano en su camino, y la estrella volvió a subir al bolsillo.
Al amanecer el cielo bajó una nube pálida.
«Ahora devuélvelas.»
Marco sintió un poco de tristeza. «Las he cuidado.»
«Sí. Por eso puedes dejarlas ir bien.»
Abrió el bolsillo. Las estrellas subieron, una a una, hacia la mañana.
Desde aquel día Marco trató de otra manera las cosas pequeñas: un lápiz prestado, un vaso de cristal, un cachorro dormido, una promesa.
El bolsillo había desaparecido.
Pero la responsabilidad se quedó en sus manos.
