En mar abierto, donde la Luna dibuja caminos de plata, vivía un delfín llamado Ludo.
Cada noche veía pasar los sueños de los niños. Parecían barquitas ligeras: algunas tenían velas de papel, otras linternas, otras conchas en lugar de timón.
Ludo había decidido protegerlas a todas.
Nadaba junto a la fila y decía: «¡Por aquí! ¡Cuidado! ¡Más rápido! ¡Más cerca! ¡No os alejéis!»
Pero los sueños empezaron a perder la forma. El de la vela de papel se dobló. El de la linterna se apagó un poco. Una barquita-sueño se detuvo.
«Nos proteges demasiado fuerte», dijo.
Ludo se sintió herido. «Pero quiero evitar que os perdáis.»
«Un sueño tiene que poder balancearse.»
Ludo no entendía. Si las dejaba libres, el mar podía llevarlas lejos.
Llegó una tortuga marina, lenta y grande.
«Proteger no significa apretar», dijo. «Significa estar lo bastante cerca para ayudar y lo bastante lejos para dejar respirar.»
La noche siguiente Ludo lo intentó.
Nadó al lado de la fila, no delante. Si una corriente empujaba demasiado, hacía una curva con el cuerpo y la volvía más suave. Si una barquita temblaba, se acercaba. Si iba bien, mantenía distancia.
Los sueños recuperaron el color.
Uno se abrió como una flor. Otro encendió su linterna. Otro siguió una estrella propia.
Ludo sintió el corazón más ligero. No tenía que mandar la ruta de cada sueño. Tenía que acompañar.
Hacia el amanecer, las barquitas entraron por las ventanas de los niños dormidos. Ludo se quedó fuera, en el mar que se volvía claro.
«Lo has hecho bien», dijo la tortuga.
«No las he guiado.»
«Las has protegido.»
Desde entonces Ludo acompañó los sueños con una distancia amable. No demasiado lejos, para que nadie se sintiera solo. No demasiado cerca, para que cada uno pudiera navegar.
Y el mar, de noche, parecía lleno de pequeñas libertades iluminadas.
