En la campiña de muros de piedra seca, las higueras chumbas estaban como guardianas verdes.
A Rosa le gustaban, pero temía sus espinas. Pasaba cerca con cuidado, manteniendo las manos pegadas al cuerpo.
Una tarde un viento fuerte llevó un pétalo rosa claro por el campo. El pétalo se posó sobre la higuera más espinosa.
«¡Cuidado!», gritó Rosa.
El pétalo no se rasgó. Descansó ligero entre las espinas.
«¿Cómo puedes quedarte ahí?», preguntó Rosa.
«No empujo», dijo el pétalo.
La higuera chumba, sorprendida por una visita tan suave, se quedó muy quieta.
«Tengo espinas», dijo. «La gente cree que soy áspera.»
«Las espinas pueden proteger», dijo el pétalo. «Pero la protección también puede ser amable.»
El pétalo se movió un poco, no contra las espinas, sino entre ellas. La planta no sintió dolor. Al contrario, se sintió mirada.
Rosa se acercó.
«¿Puedo mirar?»
La higuera respondió abriendo una flor amarilla. Rosa no la tocó. Simplemente la admiró. Las espinas seguían allí. La planta seguía siendo fuerte. Pero con el pétalo al lado, aquella fuerza parecía menos sola.
Desde aquel día Rosa aprendió una manera nueva de acercarse a las cosas que parecían duras. No corría, no agarraba, no juzgaba solo por fuera.
Pedía espacio. Se movía con cuidado.
Y la higuera chumba, cada vez que el viento traía pétalos, los sostenía entre sus espinas como pequeñas lecciones de gentileza.
