Nando el gatito vivía cerca de una playa tranquila.
Conocía muchos sonidos: cuencos, pasos, persianas, gaviotas. El mar, sin embargo, lo confundía. De día rompía, salpicaba, corría y volvía. Era demasiado grande para un gato pequeño.
Por la noche el mar cambiaba.
Una tarde Nando bajó a la arena y oyó un sonido extraño.
Mrrr... mrrr...
Se detuvo.
«¿Quién está ahí?»
«Mrrr», respondieron las olas.
El mar estaba ronroneando.
Nando se acercó despacio. Una ola pequeña llegó cerca de sus patas y volvió atrás sin tocarlo.
«Suenas como un gato», dijo.
«Y tú respiras como una ola», respondió el mar.
Nando se sentó. Las olas venían y se iban. Dentro y fuera. Cerca y lejos. Su ronroneo era profundo, pero amable.
Intentó seguirlo.
Inspirar cuando la ola llega. Espirar cuando vuelve.
Al principio se olvidaba y movía la cola. Luego probó otra vez. La playa se volvió más suave. Las estrellas parecían parpadear más despacio. Incluso sus bigotes se relajaron.
Una niña sentada cerca lloraba en silencio. Nando fue hasta ella y se hizo un ovillo junto a sus pies. El mar ronroneó. Nando también.
La niña escuchó.
Poco a poco, su respiración se ajustó a las olas.
«Gracias», susurró.
Nando no sabía si daba las gracias a él o al mar. Quizá a los dos.
Desde aquella noche, cuando el día tenía demasiados ruidos, Nando iba a la playa. No pedía al mar que se hiciera pequeño. Lo escuchaba hasta que su gran respiración ayudaba a la pequeña respiración de Nando a recordar el camino de la calma.
