En Castellammare, en un balcón que olía a jazmín y a viento de mar, a Marta le gustaba contar cosas.
Contaba las barcas que volvían al puerto, las golondrinas sobre los tejados, las baldosas azules alrededor de las macetas. Pero las estrellas eran imposibles. Aparecían una a una, luego diez juntas, luego se escondían detrás de nubes suaves.
«Nunca podré contarlas todas», dijo.
El jazmín que subía por la baranda susurró.
«Quizá no debes contarlas todas. Quizá debes conocerlas.»
Marta miró mejor. Un capullo cerrado tembló.
Apareció una estrella en el cielo.
El capullo se abrió.
Marta contuvo la respiración. La flor era pequeña y blanca, y su perfume se hizo más fuerte cuando la estrella brilló.
Otra estrella apareció. Otra flor se abrió.
Marta corrió a buscar el cuaderno, pero el jazmín la detuvo con una hoja.
«No tan deprisa. Si corres, cuentas números. Si vas despacio, cuentas maravillas.»
Entonces Marta se sentó en el balcón, con los codos sobre la piedra fresca. No intentó vencer al cielo. Esperó. Estrella, flor, respiración. Estrella, flor, respiración.
La abuela salió con un vaso de agua y se sentó a su lado.
«¿Cuántas son?»
«No lo sé», dijo Marta. «Pero sé que la primera olía a tarde, la segunda se abrió cerca de la maceta azul y la tercera parecía tímida.»
La abuela sonrió.
Esa noche Marta escribió en el cuaderno, pero no solo números. Escribió: una estrella paciente, una flor valiente, un silencio que huele dulce.
El jazmín siguió abriéndose despacio, sin presumir.
Y Marta entendió que no todo lo bello debe atraparse con exactitud. Algunas cosas se vuelven más grandes cuando les dejamos espacio para aparecer.
