Por la tarde, el jardín detrás de la casa se llenaba de estrellas pequeñas.
No estrellas del cielo. Estrellas sobre las hojas, sobre las piedras, en el asa de la regadera, en el respaldo del banco viejo. Se encendían cuando el día estaba casi terminado.
A Lia le gustaba correr de una a otra.
«¡Esta! ¡Y aquella! ¡Y esa!»
Pero cuando llegaba la hora de dormir, quería que todas siguieran encendidas.
«No estoy lista», decía.
El jardín escuchó.
La albahaca apagó primero su estrella.
«Buenas noches, albahaca», dijo Lia.
Luego el limonero apagó una luz entre las hojas.
«Buenas noches, limón.»
El banco apagó la estrella del brazo. La regadera apagó la del asa. La piedra junto al sendero apagó un puntito plateado.
Una a una, el jardín se volvió más oscuro. No de golpe. Con delicadeza.
Lia caminaba junto a su madre y daba las buenas noches a cada cosa.
Cuando quedó una sola estrella, en la rama más baja del naranjo, Lia sintió los ojos pesados.
«¿También tiene que apagarse?»
«Cuando estés lista», dijo el naranjo.
Lia pensó en el día: el dibujo, el pan, la pequeña pelea, el abrazo después, el baño tibio. Dejó que cada recuerdo se calmara.
Luego susurró: «Buenas noches.»
La última estrella se apagó.
El jardín no desapareció. Se volvió una oscuridad suave, llena de formas conocidas.
En la cama, Lia entendió el secreto del jardín. El sueño no llega apagándolo todo de golpe. Llega cuando el día puede decir buenas noches, una luz cada vez.
Fuera, el jardín descansaba.
Encima, las estrellas verdaderas seguían encendidas, velando sin hacer ruido.
