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El mandarino que reía bajito

En un agrumeto dorado, los mandarinos ríen sin despertar a nadie y enseñan que la alegría puede ser alegre y delicada a la vez.

Ilustración para El mandarino que reía bajito

En el agrumeto, los mandarinos se volvían dorados uno a uno.

Colgaban entre las hojas oscuras como pequeños soles. De día los niños los recogían y se llenaban los bolsillos de perfume. Por la tarde el huerto se quedaba tranquilo.

Todo, salvo un mandarino.

Reía.

No fuerte. Una risa pequeñita, como una campana escondida en la cáscara.

Ji ji ji.

Luca la oyó mientras ayudaba al abuelo a cerrar la verja.

«¿Se ha reído una fruta?»

El abuelo escuchó. «Puede ser.»

El mandarino tembló un poco.

«No puedo evitarlo», dijo. «Estoy lleno de dulzura.»

Luca también rio, pero el mandarino lo detuvo.

«Bajito. Los pajaritos duermen.»

Así Luca aprendió la risa del mandarino: boca sonriente, hombros ligeros, nada de gritos. Era una risa que seguía siendo cálida sin romper la tarde.

Pronto los otros mandarinos se unieron, cada uno con un sonido pequeño. El agrumeto se llenó de alegría escondida.

Una vecina cansada pasó por allí. Oyó aquella risa suave y sonrió sin saber por qué. Un niño que estaba llorando encontró un mandarino sobre el muro y se rio entre lágrimas.

«La alegría es fuerte», dijo Luca.

«Sí», respondió el abuelo. «Pero las cosas fuertes también pueden ser delicadas.»

Cuando recogieron el mandarino, Luca lo peló con cuidado. Cada gajo guardaba una pequeña risa. Lo compartió con su familia después de cenar.

Nadie hizo ruido. Todos sonrieron.

Desde entonces, cuando Luca estaba feliz, no siempre explotaba como fuegos artificiales. A veces reía como un mandarino: bajito, dulce, dejando espacio para que otros descansaran.

Y esa alegría duraba más.

Moraleja: La alegría puede ser alegre y delicada al mismo tiempo.
Nota Montessori: Después de la lectura, invita al niño a recordar un gesto concreto del cuento y a relacionarlo con calma con la emoción de la noche.
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