En la terraza había una gran maceta de albahaca.
Para los adultos era simplemente albahaca: buena para la salsa, buena para el verano, buena para las manos que querían perfume. Para Nina era un bosque.
Una tarde, mientras la regaba, vio una puerta verde junto a la tierra.
No era más alta que su pulgar. Tenía un pomo redondo hecho de semilla.
Nina se tumbó sobre las baldosas y susurró: «¿Puedo entrar?»
La puerta se abrió.
Detrás estaba el reino de las hormigas.
Había túneles bajo las raíces, puentes hechos con tallos secos, almacenes de migas y una plaza diminuta donde las hormigas se saludaban tocándose las antenas.
Una hormiga guardiana miró a Nina.
«Eres muy grande.»
«Tendré cuidado.»
«Entonces puedes mirar.»
Nina observó sin tocar. Vio una hormiga llevando una semilla de albahaca, dos hormigas ayudando a una tercera con una miga, hormigas jóvenes aprendiendo los caminos seguros. Todo era pequeño, pero nada era simple.
«¿Trabajáis siempre?»
«También descansamos», dijo la guardiana. «Los cuerpos pequeños necesitan sabiduría.»
En una habitación bajo la raíz principal, las hormigas escuchaban el olor de la albahaca. Les decía si venía lluvia, si la tierra estaba seca, si había pasado el gato de la terraza.
Nina estaba maravillada.
Cuando volvió por la puerta, la maceta parecía distinta. Seguía siendo albahaca, sí. Pero también bosque, ciudad, techo, mundo.
Desde entonces regaba con más cuidado. No metía los dedos en la tierra. Saludaba a las hormigas.
Y cuando alguien decía: «Es solo una maceta», Nina sonreía.
Algunos reinos son pequeños porque quieren que nos arrodillemos antes de entrar.
