En el campanario iluminado por la Luna vivía un búho llamado Arturo.
Custodiaba un libro extraño hecho de plumas. Sus páginas eran suaves, y las palabras aparecían solo de noche.
El libro se llamaba Reglas amables.
Una tarde los animales de la plaza discutían. El gato quería el escalón tibio. El perro quería pasar. Las palomas dejaban migas por todas partes. La salamanquesa se quejaba de que nadie miraba dónde ponía las patas.
Arturo abrió el libro de plumas.
Apareció la primera regla: Deja espacio.
El gato movió una pata. El perro pasó sin empujar.
Segunda regla: Pide antes de tomar.
Una paloma dejó de robar la miga del gato y esperó. El gato, sorprendido, dejó la mitad.
Tercera regla: Baja la voz cuando alguien está cansado.
Hasta la fuente pareció salpicar más despacio.
Los animales se maravillaron. Las reglas no pesaban. Hacían más fácil compartir la plaza.
Una niña llamada Irene, que miraba desde un balcón, susurró: «¿Las buenas maneras son magia?»
Arturo giró sus ojos dorados hacia ella.
«Son puentes pequeños. Sin ellos, cada corazón se queda en su orilla.»
Irene pensó en el día: había interrumpido a una amiga, tomado un lápiz sin pedirlo, dado un portazo. Nada había sido enorme. Pero cada cosa había levantado un muro pequeño.
A la mañana siguiente probó las reglas del libro de plumas en la escuela.
«¿Puedo usarlo?»
«Perdón, estabas hablando.»
«¿Quieres sentarte aquí?»
El día se volvió más suave.
Por la noche Arturo añadió una pluma al libro.
Sabía que las buenas maneras no sirven para parecer perfectos. Sirven para ayudar a criaturas muy distintas a vivir en la misma plaza sin pisarse las alas.
