En la bahía transparente, donde la arena parecía clara incluso de noche, vivía un caballito de mar llamado Milo.
Se sujetaba a un alga con la cola y miraba la Luna sobre el agua. Le gustaban las cosas quietas. El mar, sin embargo, se movía siempre.
Una noche un hilo de plata cayó de la Luna y se deslizó dentro de la bahía.
Flotó delante de Milo.
«Sujétame», dijo el hilo.
Milo lo rodeó enseguida con la cola.
Demasiado fuerte.
El hilo se afinó y casi se rompió.
«Así no», susurró. «La confianza no aprieta.»
Milo aflojó la cola. El hilo volvió a brillar.
Empezó a moverse por el agua. Milo tuvo miedo. Pasó entre rocas, sobre conchas, cerca de un pulpo dormido. Muchas veces quiso tirar de él hacia atrás.
«¿Adónde me llevas?»
«A un lugar al que solo puedes llegar si no me arrastras.»
Entonces Milo siguió. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Cuando la corriente lo empujaba, respiraba. Cuando el hilo giraba, giraba. Cuando se detenía, se detenía.
Al final llegaron a una cavidad escondida donde pececillos dormían dentro de círculos de luna.
Milo nunca había visto un lugar tan tranquilo.
«Si hubiera tirado de ti, ¿habríamos llegado?»
«No», dijo el hilo. «Me habrías llevado adonde ya conocías.»
Milo entendió.
Desde aquella noche, cuando aparecía una luz de confianza —la mano de un amigo, una palabra amable, una buena idea— intentaba no agarrarla con miedo.
La seguía.
Y el hilo de plata, ligero y libre, mostraba siempre más que la fuerza.
