Pippo el pececito vivía en una gruta marina color índigo.
Conocía los colores del día: agua turquesa, arena amarilla, coral rojo, algas verdes. Pero la hora de dormir también tenía un color, y él quería encontrarlo.
«¿De qué color es el sueño?», preguntó.
El camarón dijo: «Oscuro.»
La medusa dijo: «Plateado.»
El cangrejo dijo: «Del color que hacen tus ojos cuando se cierran.»
Pippo no quedó satisfecho.
Esa tarde nadó hacia las olas más calmadas, las que apenas se movían cerca de la entrada de la gruta. Entre una ola y otra vio un color que nunca había notado.
No era azul, ni violeta, ni gris. Era todos ellos suavizados juntos.
«¿Es eso el sueño?»
La ola respondió: «Casi.»
Pippo siguió el color hacia el interior de la gruta. Se posaba en las piedras lisas, en las conchas, en las aletas de los peces que ya soñaban. Donde pasaba, los movimientos se hacían lentos.
Pippo intentó atraparlo, pero se escapaba.
«No se atrapa el color del sueño», dijo la abuela tortuga. «Se deja posar.»
Entonces Pippo se preparó: quitó arena de su pequeño lugar de dormir, dio las buenas noches a las algas, soltó una burbuja y se quedó quieto.
El color escondido se acercó.
Le tocó primero la cola, luego las aletas, luego los ojos.
Pippo entendió. El sueño no era un color que se encontraba fuera. Era un color que la noche pintaba sobre él cuando dejaba de nadar.
Desde entonces, cada tarde buscaba índigo, plata, gris suave y azul tranquilo.
Y cuando esos colores se reunían, Pippo sabía que el mar decía: ahora descansa.
