Detrás de la casa de Federico había un pequeño arroyo escondido entre las cañas.
La mayoría de los días era estrecho y juguetón. Federico podía saltarlo de una vez. Pero después de la lluvia se volvía más ancho, marrón e incierto. Las piedras desaparecían bajo el agua.
Una tarde Federico se quedó en un lado, con su pelota roja en el otro.
«No puedo cruzar.»
Una libélula se posó sobre una caña.
«No solo.»
Federico miró alrededor. «¿Quién me ayudará?»
La libélula llamó a las demás. Llegaron libélulas azules, verdes y plateadas, ligeras como pensamientos. No levantaron a Federico. Empezaron a trabajar.
Una trajo un tallo de caña. Otra lo sostuvo firme. Otra lo ató con hierba. Un escarabajo empujó desde abajo. Dos hormigas llevaron una ramita seca. Incluso el arroyo fue un poco más despacio para mirar.
Pieza a pieza apareció un pequeño puente.
Federico estaba impaciente.
«¿Ya está listo?»
«Todavía no», dijo la libélula. «Un puente debe ser de confianza para todos los que lo construyen.»
Así que Federico ayudó también. Encontró una caña caída, la puso donde le indicaron las libélulas y esperó mientras la ataban.
Al fin el puente tembló, pero sostuvo.
Federico cruzó despacio. A mitad del camino sintió miedo. El agua se movía debajo y el puente hizo un crujido diminuto.
«Estamos aquí», dijeron las libélulas.
Federico llegó a la pelota y volvió, esta vez sonriendo.
Después ya no pensó que pedir ayuda lo hiciera débil. El puente existía porque muchas fuerzas pequeñas se habían encontrado.
Y cuando alguien en el pueblo decía: «Es solo un arroyo», Federico respondía: «También los arroyos pequeños se vuelven más fáciles si se cruzan juntos.»
