En el pequeño puerto, entre barcas azules y cuerdas con olor a sal, había una barquita de madera atada a una anilla.
Nadie sabía quién la había construido. Era demasiado pequeña para un pescador y demasiado verdadera para ser solo un juguete. Su vela era blanca y muy limpia.
Una mañana Tommaso encontró una palabra escrita en la vela: por favor.
Llegó una brisa ligera. La barquita avanzó un dedo.
Tommaso se rio. «¡Navega con palabras!»
Probó otra.
«¡Vamos!»
Nada.
«¡Muévete!»
Nada.
Su hermana Marta se acercó y dijo: «Buenos días.»
La barquita se balanceó feliz.
Los niños entendieron. La barquita navegaba solo con palabras dulces: gracias, puedo, perdón, ven conmigo, te espero.
Cada palabra amable se convertía en viento.
Pronto todos los niños del puerto quisieron probar. Al principio gritaban muchas palabras juntas, pero la barquita se confundía y giraba en círculos. Entonces un viejo pescador dijo: «Una palabra dulce debe sentirse, no lanzarse.»
Así que fueron más despacio.
Un niño que había roto un cubo dijo: «Lo siento.» La barquita cruzó una ola pequeña.
Otro, que quería turno, dijo: «¿Puedo probar después de ti?» La vela se llenó.
Una niña tímida susurró: «Ven conmigo.» La barquita se deslizó casi hasta la boya roja.
Los niños empezaron a notar algo extraño. El puerto sonaba distinto. Había menos gritos y más pausas. Incluso cuando discutían, buscaban palabras que pudieran navegar.
Al atardecer la barquita volvió a su anilla. En la vela apareció una frase nueva: Las palabras son pequeñas barcas.
Tommaso entendió.
Una palabra dura puede hundirse antes de salir de la boca. Pero una palabra amable, si es verdadera, puede cruzar un puerto entero y acercar a alguien.
