El Etna estaba bajo una manta de estrellas, enorme y oscuro, con un poco de humo sobre la cabeza.
Todos pensaban que el volcán era siempre fuerte. Los pueblos lo miraban. Los árboles crecían sobre él. La nieve descansaba en sus laderas. Las nubes pasaban cerca como saludando a un gigante.
Pero aquella noche el Etna estaba cansado.
«Yo no puedo estar cansado», murmuró. «Soy un volcán.»
Una nube pequeña con forma de almohada bajó flotando y se detuvo cerca de la cima.
«¿Quién ha dicho que los volcanes no se cansan?»
El Etna soltó un hilito de humo. «La gente espera que yo esté siempre firme.»
«Puedes estar firme y bostezar», dijo la nube.
«No sé cómo.»
La nube se apoyó suavemente junto al cráter.
«Empieza por el cielo. Ábrete despacio.»
El Etna lo intentó. No rugió. No tembló. Solo dejó salir una respiración larga y tibia.
Haaaa.
Las estrellas parecieron apartarse un poco, haciéndole espacio.
«Eso ha sido un bostezo», dijo la nube.
«Se sintió como una pequeña erupción sin ruido.»
«Exactamente.»
Los animales de las laderas no oyeron nada peligroso. Un zorro se giró en sueños. Un búho parpadeó. En una casa más abajo, un niño que miraba por la ventana susurró: «El Etna está descansando.»
Al volcán le gustaron esas palabras.
Durante muchas noches, la nube-almohada volvió. El Etna aprendió a bostezar cuando el día había estado lleno de viento, visitantes, nieve y sol. Cada bostezo hacía el humo más suave y la montaña más tranquila.
No se volvió menos fuerte. Al contrario, se volvió más estable.
Y cuando los niños preguntaban por qué a veces una nube se sentaba sobre la cabeza del Etna, los abuelos respondían: «Es su almohada. También las montañas duermen mejor cuando se permiten descansar.»
