Cicì la cigarra amaba hacer ruido.
Cantaba todo el día desde la higuera, desde el muro, desde la hierba seca cerca de la masseria. Cantaba cuando el sol estaba alto, cuando pasaban las cabras, cuando los niños reían e incluso cuando nadie escuchaba.
«Tengo una voz fuerte», decía.
Los demás insectos estaban de acuerdo, pero a veces se cansaban.
Una tarde Cicì oyó un sonido que no conocía. Era fino, verde, casi transparente.
Tin.
Dejó de cantar.
Tin.
El sonido venía de una brizna de hierba.
«¿Qué instrumento eres?», preguntó Cicì.
«Toco solo cuando todo está en silencio», dijo la hierba.
«Entonces tocarás muy pocas veces.»
«Porque muchas criaturas tienen miedo del silencio.»
Cicì quería oír más, pero en cuanto preguntó en voz alta, la brizna calló. Lo intentó otra vez, susurrando. La hierba dio una nota. Luego otra. A su alrededor el prado se llenó de sonidos pequeños: una hormiga moviendo una semilla, una lagartija respirando, el cencerro lejano de una oveja, el ala suave de una polilla.
Cicì se maravilló.
«Yo pensaba que la música era lo que hacía yo.»
«La música también es lo que permites oír», dijo la hierba.
Al día siguiente Cicì siguió cantando. Era una cigarra, al fin y al cabo. Pero dejó espacios en su canto. En esos espacios, el prado respondía.
Unos niños que pasaban notaron la diferencia.
«Suena más dulce», dijo uno.
Cicì sonrió. Su voz no se había vuelto más débil. Se había vuelto más respetuosa.
Al atardecer se sentó junto a la brizna de hierba y escuchó la pequeña música verde.
Y entendió que el silencio no es el final de la canción. Es el lugar donde empiezan muchas canciones escondidas.
