En el cajón de la cocina había una cucharita con el mango redondo.
Cada noche esperaba entre las cucharas grandes. No servía para sopa ni para pasta. Tenía una tarea especial: la leche de buenas noches.
Lina a veces llegaba a la cocina inquieta.
«No tengo sueño.»
La cucharita oía esa frase a menudo. No discutía. Simplemente esperaba la taza.
Mamá calentaba la leche. El abuelo añadía una gota de miel. Lina tomaba la cucharita y removía.
Vuelta y vuelta.
A la cucharita le gustaban los círculos. Un círculo no tiene prisa. Vuelve y vuelve hasta que la mano se calma.
Una noche Lina removió demasiado rápido. La leche salpicó.
«Despacio», susurró la cucharita.
Lina se detuvo. «¿Has hablado?»
«Solo porque la leche estaba mareada.»
Ella sonrió y probó de nuevo.
Vuelta. Vuelta. Vuelta.
Con cada círculo, un pedazo del día entraba en la taza: el juego ruidoso en el patio, el lápiz roto, la risa con su primo, una preocupación pequeña por mañana. La cucharita no los borraba. Los mezclaba con calor.
«¿Qué saben las cucharas del sueño?», preguntó Lina.
«Sabemos repetir», respondió. «Y repetir es un caminito.»
Desde entonces, cada noche, Lina hacía el camino: taza, leche, miel, tres vueltas lentas, un sorbo, un beso, una luz más baja.
Algunas noches el sueño llegaba enseguida. Otras llegaba después. Pero el ritual permanecía.
Y la cucharita de las buenas noches, brillando tras ser lavada, sabía que había ayudado a construir un puente entre el día y los sueños.
