Sobre el pueblo frente al mar pasaban nubes cada tarde.
Algunas eran grises, otras doradas, otras finas como pañuelos. Pero una nube era rosa y redonda, y avanzaba más despacio que las demás.
Dentro llevaba besos.
No besos ruidosos. No besos pegajosos. Besos pequeños y tibios enviados por personas que estaban lejos: un padre en el trabajo, una abuela en otro pueblo, una amiga de viaje, un primo que había olvidado llamar pero no querer.
Emma vio la nube desde el balcón.
«¿Por qué es rosa?»
La nube bajó un poco. «Porque estoy llena.»
«¿Llena de lluvia?»
«Llena de besos.»
Emma se rio. «Las nubes no llevan besos.»
La nube se abrió suavemente. Una luz rosada bajó y tocó la mejilla de Emma. Se sintió como el beso que su padre le daba antes de salir temprano.
Emma se quedó callada.
«Ese es suyo.»
La nube siguió sobre los tejados. Un beso entró por una ventana donde una anciana doblaba ropa. Otro tocó la almohada de un niño que echaba de menos a su hermano. Otro cayó sobre la nariz de un perro dormido, que movió la cola sin despertar.
Emma quiso quedarse con todos los besos.
«No son todos tuyos», dijo la nube. «El cariño viaja, pero sabe adónde ir.»
«¿Puedo mandar uno también?»
«Claro.»
Emma cerró los ojos y pensó en su padre. No gritó. Puso un beso en la mano y sopló despacio.
La nube rosa lo recogió y navegó sobre el mar.
Esa noche, lejos, su padre miró hacia arriba y sonrió sin saber por qué.
Desde entonces, cuando alguien parecía distante, Emma buscaba la nube rosa. Si no estaba, mandaba el beso igual.
Había aprendido que el afecto es inteligente. Encuentra caminos ligeros: viento, pensamiento, memoria, nube.
