En la habitación de Sofía había una muñeca de trapo con vestido azul, brazos suaves y un botón distinto del otro.
Se llamaba Lilla.
Cada noche Sofía la colocaba junto a la almohada. A veces la tapaba con una esquina de la sábana. A veces se olvidaba, porque el sueño llegaba demasiado deprisa.
Una noche, mientras Sofía ya soñaba, la cortina se movió.
Entró en la habitación un viento pequeño de la tarde.
No era el viento que golpea puertas. Era el viento que sabe pasar entre las cosas sin molestar. Vio a Lilla medio destapada y suspiró.
«Alguien tendrá frío.»
El viento levantó la sábana con mucha delicadeza y la puso sobre los pies de la muñeca.
Lilla abrió un ojo-botón.
«Gracias.»
El viento sonrió entre la cortina.
«Acomodo lo que se ha movido.»
Dio una vuelta por la habitación: cerró el libro abierto en el suelo, empujó un calcetín hacia la silla, suavizó un pliegue de la manta, refrescó la frente de Sofía.
A la mañana siguiente Sofía vio a Lilla perfectamente tapada.
«Mamá, ¿lo hiciste tú?»
«No», dijo mamá. «Quizá alguien la cuidó.»
Esa noche Sofía observó con atención. Tapó a Lilla, puso el libro en la repisa, juntó las zapatillas. El viento llegó igualmente, pero esta vez solo tocó la cortina.
«Has aprendido», susurró.
Sofía sonrió.
Entendió que cuidar no siempre es un gran gesto. A veces es notar un pie destapado, un vaso demasiado lejos, una manta torcida, una cara cansada.
Desde entonces cuidaba de Lilla y de sí misma antes de dormir.
Y el viento de la tarde, pasando suave por la ventana, sabía que había dejado no solo orden, sino amor.
