En la salina, al atardecer, el agua se volvía rosa.
Los molinos lejanos parecían quietos, custodiando el cielo, y la sal, reunida en pequeños montones, brillaba como nieve tibia. En aquel lugar vivía Tarta, una tortuga anciana que conocía todos los caminos lentos.
Cada tarde iba desde la piedra plana hasta la poza baja donde se reflejaba la Luna. El recorrido no era largo, pero Tarta tardaba mucho.
Las lagartijas se reían.
«¡Llegarás mañana!»
Tarta no se ofendía. «Si llego entera, llego a tiempo.»
Una tarde, sin embargo, también ella tuvo prisa. Quería ver la Luna salir dentro del agua rosa, porque ocurría solo en ciertas noches. Aceleró el paso, todo lo que una tortuga puede acelerar.
Enseguida perdió el sendero. Delante tenía cristales de sal, pequeños regueros, huellas de pájaros, pozas diminutas todas iguales.
«Oh.»
Intentó girar a la derecha. Demasiado húmedo. A la izquierda. Demasiada sal. Volver atrás. Ya no reconocía la piedra.
Entonces oyó una voz fina.
«Más despacio.»
Era la sal bajo sus patas.
«Si vas deprisa, me pisas. Si vas despacio, te guío.»
Tarta respiró. Dio un paso lentísimo.
Un cristal brilló.
Otro paso.
Otro cristal.
El sendero no había desaparecido. Solo se encendía a la velocidad justa.
Tarta avanzó así: paso, luz, respiración. Paso, luz, respiración.
Las lagartijas, que antes se reían, se detuvieron a mirar. El sendero de sal parecía un collar extendido sobre la tierra.
Cuando Tarta llegó a la poza, la Luna acababa de aparecer. No se la había perdido. Al contrario, la había alcanzado en el momento exacto.
La Luna se reflejó en el agua rosa y dijo: «¿Ves? Algunas bellezas no huyen. Esperan a quien sabe llegar.»
Tarta sonrió.
Desde aquella noche las lagartijas ya no se burlaron. A veces, cuando no encontraban el camino entre las pozas, caminaban a su lado.
«¿Más despacio?», preguntaban.
«Más presentes», respondía Tarta.
Y la sal, bajo las patas pacientes, brillaba.
