En el campo detrás de la casa de campo había doce almendros.
Durante el invierno parecían todos dormidos. Las ramas eran oscuras, la hierba baja, la tierra fría. Cada mañana Nino pasaba con el abuelo y preguntaba:
«¿Cuándo florecerán?»
«Cuando sientan que es el momento.»
Nino miraba los árboles. A él le parecían todos iguales: quietos, silenciosos, pacientes de una forma casi irritante.
Uno de los almendros, sin embargo, escuchaba más que los otros. Tenía el tronco un poco inclinado hacia el este y raíces que conocían bien la tierra. Una noche sintió algo subir desde la oscuridad: no calor, no primavera entera, sino una pequeña invitación.
Abrió una flor.
Solo una.
Blanca, frágil, casi transparente bajo la Luna.
A la mañana siguiente Nino la vio.
«¡Abuelo! Este se ha equivocado. Es demasiado pronto.»
El abuelo se acercó. Miró la flor sin tocarla.
«Quizá no se ha equivocado. Quizá ha escuchado antes.»
Los otros almendros seguían cerrados. El viento aún era frío. Nino se preocupó.
«¿Y si la flor tiene miedo?»
El almendro tembló apenas.
La verdad es que un poco de miedo tenía. Ser el primero no era fácil. No había otras flores al lado. Ningún gran perfume. Ninguna promesa visible.
Solo Luna, viento y un niño que lo miraba.
Nino llevó una bufanda vieja y la ató al palo cercano, no a la rama, porque el abuelo dijo que las flores no se aprietan. La bufanda hizo de refugio contra el viento.
«No puedo convertir todo en primavera», dijo Nino. «Pero puedo quedarme.»
Durante tres mañanas volvió. La flor permaneció.
A la cuarta mañana apareció una segunda flor en otra rama. Luego una tercera. Luego un almendro cercano abrió dos yemas.
El campo no explotó de golpe. Despertó despacio, como alguien que se estira después de un sueño largo.
Nino entendió que la primera flor no había tenido la certeza de la primavera. Había confiado en una señal pequeña.
Unas semanas después los almendros estaban blancos y llenos de abejas. Nadie habría sabido decir cuál fue la primera flor.
Nino sí.
La buscó entre las ramas, pero no la encontró. Tal vez ya había caído. Tal vez se había vuelto parte del perfume.
El abuelo le puso una mano en el hombro.
«Quien empieza a menudo no permanece a la vista. Pero abre el camino.»
Desde entonces, cuando Nino tenía que empezar algo y nadie alrededor parecía preparado, pensaba en el almendro. No esperaba siempre el momento perfecto.
A veces abría una flor pequeña.
Y se quedaba escuchando.
