La habitación de Alma tenía una ventana con balcón.
De día era la parte más bonita de la casa, porque desde allí se veían el mar, los tejados claros y un trocito de calle por donde pasaba el vendedor de fruta. De noche, sin embargo, esa misma ventana se volvía demasiado grande.
El vidrio reflejaba sombras. Las cortinas ligeras se movían incluso cuando Alma pensaba que no había viento. De vez en cuando pasaba lejos una moto y la luz resbalaba por el techo.
«No me gusta la ventana de noche», dijo Alma a la abuela.
La abuela no se rio. Sacó la caja de costura, la de los botones, los hilos, las agujas y un dedal de plata.
«Entonces le haremos un vestido de noche.»
«¿A la ventana?»
«Claro. También las ventanas tienen que aprender a entrar en el sueño.»
Aquella tarde la abuela cosió en las cortinas pequeños puntos luminosos. No eran cuentas. Eran hilos finísimos que brillaban apenas, como si hubieran tomado prestada un poco de luz de la Luna.
«Son hilos de estrella», dijo.
Alma tocó un punto. Era liso y tibio.
Cuando apagaron la luz, las cortinas ya no parecieron sombras que se movían en la habitación. Parecían un cielo cercano, un cielo que estaba del lado de la cama.
Alma se metió bajo la manta.
Un golpe de viento movió la cortina. Ella contuvo la respiración.
Los hilos de estrella se encendieron despacio. No iluminaron toda la habitación. Solo dibujaron el borde de la ventana, como un marco amable.
«¿Ves?», susurró la abuela. «La ventana no es un agujero en la oscuridad. Es un límite. Dentro estás tú. Fuera está la noche.»
Alma miró mejor. El balcón estaba en su sitio. La cortina estaba en su sitio. La cama estaba en su sitio. Ella también estaba en su sitio.
«¿Y si la noche quiere entrar?»
La abuela sonrió. «Entra solo un pedacito: aire fresco, olor a mar, una estrella. Lo demás se queda fuera.»
Desde aquella noche Alma hizo un pequeño ritual. Cerraba la ventana hasta el punto justo, dejaba una rendija de aire, corría las cortinas de estrellas y comprobaba que el vaso de agua estuviera cerca.
Luego decía: «Dentro casa. Fuera noche. En medio, estrellas.»
Las cortinas seguían moviéndose, pero ya no daban miedo. Eran guardianas ligeras.
Y cuando Alma se dormía, los hilos de estrella quedaban apenas encendidos, no para mantenerla despierta, sino para recordarle que incluso la oscuridad puede atravesarse con límites suaves.
