Turi había construido una barquita con un trozo de madera pulido por el mar, un palito y una vela hecha con un pañuelo viejo.
Era preciosa. Al menos para él.
La pintó de azul, le dibujó una línea blanca y la llamó Nina del Viento.
«Mañana ganaremos la carrera de barquitas», dijo.
La carrera se hacía en el pequeño puerto, donde el agua era baja y los niños dejaban salir barcas pequeñas sin motor. Ganaba la que llegaba primero a la cuerda roja.
A la mañana siguiente Turi corrió al muelle. Los demás niños ya estaban listos.
«¡Ya!»
Turi empujó a Nina del Viento con fuerza. La barquita dio media vuelta, tragó agua y regresó.
«¡No! ¡Tienes que ir hacia delante!»
La empujó otra vez. Pasó lo mismo.
Los demás se reían, pero no con maldad. Sus barquitas se deslizaban despacio.
Turi estaba casi llorando.
Entonces oyó una vocecita.
«No tengo prisa.»
Miró la barquita.
«¿Has hablado tú?»
«Sí. Y quisiera salir cuando el viento me encuentre, no cuando tú me empujes.»
Turi resopló. «¡Pero la carrera se acaba!»
La barquita se balanceó. «Salir mal hace perder más tiempo que esperar bien.»
Turi la tomó en la mano. La vela estaba torcida. La madera no estaba equilibrada. Él, con la prisa, no se había dado cuenta.
Se sentó en el muelle y arregló la vela. Luego quitó un trocito de cera que había quedado bajo la quilla. Después esperó.
El viento no llegó enseguida.
Los otros niños terminaron la primera carrera. Algunos empezaron la segunda. Turi miraba el agua y respiraba.
Por fin una brisa ligera pasó entre las cuerdas de las barcas grandes.
«Ahora», dijo Nina del Viento.
Turi la puso sobre el agua sin empujar. La barquita salió despacio. No era la más rápida, pero iba recta. La vela se hinchó. El sol brilló sobre la línea blanca.
Un niño dijo: «¡Qué bonita!»
Nina del Viento llegó a la cuerda roja después de las demás, pero llegó sin volcar.
Turi la levantó como un tesoro.
«No hemos ganado.»
«Hemos salido bien», respondió la barquita.
Desde aquel día Turi construyó barcas con más calma. Primero revisaba la vela, luego el peso, luego el viento. A veces ganaba. A veces no.
Pero ya no empujaba los viajes antes de que estuvieran listos.
Había aprendido que incluso una barquita pequeña conoce su momento.
