Cada noche, después de cenar, Nino dejaba los juguetes esparcidos sobre la alfombra: cubos, lápices, conchas, cochecitos, trozos de tela, un caballito sin una rueda.
«Recoge», decía mamá.
«Después.»
Pero después llegaba el sueño, y los juguetes se quedaban allí.
Una noche Nino oyó un crujido bajo la ventana. Se asomó y vio un pequeño carrito siciliano, pintado de rojo, amarillo y azul. No lo tiraba ningún caballo. Se movía solo.
En el costado ponía: “Sueños perdidos”.
«¿Quién eres?», preguntó Nino.
«Recojo los sueños que los niños no consiguen encontrar porque se quedan mezclados con el desorden», respondió el carrito.
Nino bajó en pijama.
El carrito entró en la habitación. Cada objeto de la alfombra proyectaba un sueño: la concha mostraba el mar, los cubos un castillo, el lápiz un camino de colores, el caballito una carrera al viento.
Pero los sueños estaban todos enredados. El castillo acababa en el mar, el camino pasaba por encima del caballo, la concha buscaba el sacapuntas.
«Están confundidos», dijo Nino.
«No son feos. Solo necesitan un sitio.»
El carrito abrió pequeños cajones.
«¿Dónde ponemos el mar?»
Nino tomó la concha y la puso en la caja azul.
«¿Y los colores?»
En el bote.
«¿Y los cubos?»
En la cesta de madera.
Cada vez que un objeto encontraba su sitio, el sueño se volvía más claro. El castillo volvió a ser castillo. El mar volvió a ser mar. El caballito tuvo un camino solo suyo.
Nino no ordenó de manera perfecta. Ordenó de manera comprensible.
Al final la alfombra estaba libre. El carrito dio una vuelta lenta por la habitación.
«Ahora los sueños saben dónde dormir.»
Nino bostezó. «¿Y mañana los encontraré?»
«Precisamente por eso.»
A la mañana siguiente, nada más despertarse, encontró la concha en la caja azul. La tomó y recordó el sueño del mar.
Desde entonces ordenar ya no le pareció un castigo. Era una forma de dar casa a las cosas.
Y cada noche, cuando guardaba juguetes y colores, le parecía oír a lo lejos un crujido alegre: el carrito de los sueños ordenados pasaba por otra calle, buscando niños que habían olvidado dónde dormían sus maravillas.
