Nuvina era una nube pequeña e impaciente. Pasaba sobre los naranjales sin detenerse nunca.
«¡Ven aquí!», llamaban los árboles. «Tenemos sed.»
«¡Voy, voy!», decía Nuvina, pero luego veía una colina, un campanario, una barca, una mariposa, y cambiaba de dirección.
Le gustaba moverse. Quedarse quieta le parecía una cosa triste.
Una tarde llegó sobre un naranjal cerca del mar. Los árboles tenían hojas brillantes, pero la tierra estaba seca. Las naranjas pequeñas esperaban agua.
«Solo un momento», dijo Nuvina.
Empezó a llover, pero enseguida se distrajo. Vio una gaviota y la siguió. La lluvia cayó mitad sobre el naranjal y mitad sobre el camino.
Las naranjas siguieron teniendo sed.
Desde abajo habló un árbol viejo.
«Nuvina, tu agua es buena, pero llega a pedacitos.»
«Yo no sé quedarme quieta.»
«Entonces prueba durante tres respiraciones.»
Nuvina se detuvo. O al menos lo intentó. El viento tiraba de ella, el sol la calentaba, los pensamientos corrían por dentro.
Primera respiración.
Miró los árboles.
Segunda respiración.
Sintió la tierra.
Tercera respiración.
Dejó caer una lluvia fina, justo sobre las raíces.
El naranjal dio un suspiro verde.
Nuvina se sorprendió. Quedarse quieta no era vacío. Era escuchar mejor.
Al día siguiente volvió. Esta vez se quedó durante cinco respiraciones. Luego durante siete. Descubrió que, cuando no escapaba enseguida, veía detalles invisibles al correr: una lagartija bajo una piedra, una hormiga bebiendo una gota, una hoja nueva.
Una tarde el viento fuerte intentó llevársela.
«¡Ven, está el mar!»
Nuvina miró las naranjas y la tierra.
«Después. Primero termino aquí.»
Se quedó quieta lo suficiente para regar todo el naranjal. Luego se dejó llevar hacia el mar, ligera y contenta.
Desde entonces Nuvina siguió viajando. Las nubes están hechas para moverse. Pero aprendió a detenerse cuando alguien la necesitaba.
Y comprendió que el autocontrol no es mantener toda el agua encerrada. Es escoger dónde dejarla caer.
