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La pandereta que tocaba en voz baja

En un teatrillo cerrado, una pandereta tímida descubre que incluso un sonido ligero puede dar ritmo a una historia.

Ilustración para La pandereta que tocaba en voz baja

En el teatrillo del pueblo había una pandereta pequeña, colgada detrás del telón. Tenía sonajas de plata y una piel clara, pero casi nadie la cogía.

Había tambores más grandes, platillos más ruidosos, campanillas más brillantes.

La pandereta suspiraba. «Yo sueno demasiado bajo.»

Una noche, cuando el teatrillo estaba cerrado y los títeres dormían colgados de sus hilos, la pandereta intentó hacerse oír.

Tin.

El sonido fue tan ligero que casi no llegó al suelo.

El gran tambor se rio. «Así no despiertas ni a una pluma.»

La pandereta se avergonzó y se quedó callada.

Pero desde la fila de títeres habló una princesa de madera.

«Yo te he oído.»

«¿De verdad?»

«Sí. Tu sonido parece una luciérnaga.»

La pandereta tembló. «Pero en el espectáculo hacen falta sonidos fuertes.»

«No siempre», dijo la princesa. «Hay momentos en que el público debe acercar el corazón.»

A la noche siguiente había función. A mitad de la historia, el caballero tenía que entrar en una cueva para buscar una estrella perdida. Normalmente el gran tambor hacía bum bum, pero aquella vez el maestro Pino se detuvo.

«Aquí hace falta un sonido distinto», dijo.

Cogió la pandereta pequeña.

La pandereta tuvo miedo.

«Ahora me oirán todos.»

La princesa le sonrió desde el escenario.

El maestro Pino la movió apenas.

Tin.

El teatrillo quedó en silencio. Los niños dejaron de susurrar. Ese sonido fino parecía una gota dentro de la cueva.

Tin tin.

El caballero avanzó despacio. La estrella apareció. Nadie se movió.

Al final de la escena, el público no aplaudió enseguida. Se quedó un instante en silencio. Después hizo un aplauso suave, como lluvia ligera.

La pandereta estaba feliz.

El gran tambor tosió. «No ha estado mal.»

«No ha sido fuerte», dijo la pandereta.

«Ha sido necesario», respondió la princesa.

Desde aquella noche la pandereta ya no intentó imitar los sonidos grandes. Esperaba las escenas en las que hacía falta delicadeza: un paso en la noche, una puerta que se abre, una estrella que cae, un niño que encuentra valor.

Tin.

Y cada vez todos escuchaban.

Así la pandereta aprendió que un sonido pequeño no es un sonido inútil. Es una invitación a acercarse.

Moraleja: No hace falta hacer ruido para ser escuchados: hace falta encontrar el momento justo.
Nota Montessori: Después de la lectura, invita al niño a recordar un gesto concreto del cuento y a relacionarlo con calma con la emoción de la noche.
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