En la playa, al atardecer, Milo construyó un castillo de arena con tres torres, un foso y una concha blanca en la puerta.
«Es el más bonito», dijo.
El castillo, que hasta entonces había sido solo arena, se sintió importante. Se enderezó como pudo y miró hacia el mar.
Las olas se acercaban.
«No vengáis», dijo el castillo. «Yo debo quedarme así para siempre.»
La concha de la puerta habló con una voz pequeña.
«Ningún castillo de arena permanece igual para siempre.»
«Entonces no quiero ser un castillo de arena. Quiero ser de piedra.»
La concha no se rio. «También las piedras cambian. Solo más despacio.»
Milo volvió a casa con el cubo. El castillo quedó solo con la tarde. La primera ola mojó el foso. La segunda se llevó una almena. La tercera ablandó una torre.
El castillo tembló.
«Estoy desapareciendo.»
«Estás volviendo al mar», dijo la concha.
«Pero Milo ya no me reconocerá.»
«Te reconocerá en otra cosa.»
La ola siguiente lo bajó un poco más. La arena resbaló, se mezcló con el agua y brilló bajo la Luna. El castillo ya no tenía torres, pero sentía un movimiento nuevo: era orilla, grano, camino suave para los pies descalzos.
A la mañana siguiente Milo volvió. El castillo ya no estaba. En su lugar encontró la concha y una franja de arena lisa.
Se arrodilló y sonrió.
«Hoy construiré un puerto.»
La arena que había sido castillo se convirtió en muelle, barca, plaza y puente.
Entonces el castillo entendió que cambiar da un poco de miedo, pero no destruye la belleza. La puerta blanca de la concha quedó en el centro, como un recuerdo.
Y el mar, yendo y viniendo, le contó que ninguna forma buena se pierde de verdad. Simplemente descansa, esperando las próximas manos.
