En la plaza frente al mar había una palma alta, elegante y muy compuesta.
Cada mañana mantenía las hojas ordenadas. Cada tarde miraba las barcas e intentaba parecer importante. Las otras plantas la molestaban un poco.
«¿Tú ríes alguna vez?», preguntaba el geranio.
«Una palma debe tener porte», respondía ella.
Una tarde llegó un viento alegre. No era fuerte. Era una brisa saltarina, con olor a sal y granizado de limón.
«Te traigo un sombrero», dijo el viento.
«Las palmas no llevan sombrero.»
Pero el viento no escuchó del todo. Recogió una cinta caída de un puesto, tres pétalos de buganvilla, una pluma de gaviota y un hilo de luz. Los hizo girar en el aire y los dejó en la cima de la palma.
La plaza quedó en silencio.
Luego un niño se rio.
«¡Mirad, la palma tiene sombrero!»
La palma se puso rígida. «Quitádmelo enseguida.»
El viento le susurró entre las hojas: «No te hace menos árbol. Te hace más cercana.»
La palma miró su reflejo en la ventana del bar. Seguía siendo alta, seguía siendo elegante. Pero ahora tenía algo gracioso y luminoso. Los niños no se reían de ella. Se reían con ella.
El geranio dijo: «Te queda bien.»
La palma probó a mover una hoja. El sombrero de brisa se balanceó. Un señor mayor sonrió. Una niña triste levantó los ojos y dejó de llorar.
«¿He hecho eso yo?», preguntó la palma.
«Un poco tú, un poco el viento», respondió el geranio.
Desde aquel día la palma no llevó siempre el sombrero. Solo en las tardes en que la plaza estaba demasiado seria. Dejaba que el viento le apoyara encima un detalle ligero: una pluma, un pétalo, una cinta.
Y aprendió que la dignidad no se rompe si alguien sonríe. A veces se vuelve más humana.
