Gri era un grillo joven y vivía en un prado cerca de una casa de campo.
Por la tarde, cuando el aire olía a heno y el cielo se volvía azul, todos los grillos empezaban a cantar. Cada uno tenía su ritmo.
Cri-cri. Cri-cri-cri. Criii. Cri-cri.
Gri quería encontrar el ritmo perfecto.
Intentó imitar al grillo más veloz. Al poco rato le faltó el aire.
Intentó el más profundo. Le temblaron las patas.
Intentó el ritmo elegante de su prima. Le dio hipo.
«No soy bueno», dijo, escondido bajo una hoja.
Pasó una caracola.
«Quizá buscas el ritmo de los demás.»
«¿Y dónde encuentro el mío?»
«En el cuerpo.»
Gri miró sus patas delgadas, sus alas, la barriga que se movía deprisa.
«El cuerpo no habla.»
«Habla bajito», dijo la caracola.
Esa tarde Gri no cantó enseguida. Se subió a una brizna de hierba y escuchó.
Oyó el corazón: tic tic tic.
Oyó la respiración: entra, sale.
Oyó las patas cansadas pedir calma.
Probó un sonido pequeño.
Cri.
Esperó.
Otro.
Cri.
El ritmo era lento, pero no estaba vacío. Era suyo.
Poco a poco añadió una nota.
Cri-cri.
Luego una pausa.
Cri-cri... cri.
Los otros grillos siguieron con sus cantos. Nadie lo tapó. Al contrario, su ritmo encontró un espacio entre los demás, como una estrellita entre estrellas más grandes.
Gri sonrió.
No era el más rápido. No era el más fuerte. Pero ya no le faltaba el aire.
En los días siguientes aprendió que el ritmo cambiaba. Si estaba cansado, se hacía más lento. Si estaba feliz, saltaba. Si tenía miedo, necesitaba pausas.
No existía un ritmo justo para siempre. Existía el ritmo justo para escuchar esa tarde.
Y cuando un grillo más pequeño le preguntó: «¿Cómo hago para cantar bien?», Gri respondió:
«Primero no cantes. Escucha dónde late el cuerpo despacio. Luego empieza desde ahí.»
