En el puerto había una barca vieja llamada Lucia.
Antes había sido roja, azul y amarilla. Ahora el rojo estaba desteñido, el azul parecía cansado y el amarillo se veía solo cerca de la proa.
Las barcas nuevas la miraban con velas brillantes y costados recién pintados.
«Deberías renovar tus colores», decían.
Lucia callaba, pero por dentro se sentía cada vez más gris.
Cada atardecer esperaba que nadie la notara. Cuando los niños pasaban por el muelle, se escondía un poco detrás de una barca más grande.
Una tarde llegó Mina, una niña con un cuaderno de dibujo.
Se sentó delante de Lucia y empezó a dibujarla.
«No, a mí no», dijo la barca.
Mina miró alrededor. «¿Has hablado tú?»
«Dibuja aquella nueva. Es más bonita.»
Mina observó a Lucia durante mucho tiempo.
«Tienes colores interesantes.»
«Están apagados.»
«Quizá de día.»
La tarde cayó. Se encendieron las primeras luces del puerto. El mar se volvió oscuro. Entonces ocurrió algo: el rojo desteñido de Lucia se volvió cálido como ladrillo, el azul pareció mar profundo, y el amarillo junto a la proa se encendió como una pequeña linterna.
Mina sonrió.
«¿Ves? Tus colores esperan la noche.»
Lucia miró su reflejo en el agua. No era como las barcas nuevas. No brillaba de la misma manera. Pero tenía una luz suave, llena de viajes, sal, sol y regresos.
«Pensaba que estaba estropeada.»
«Quizá estás contada», dijo Mina.
Al día siguiente llevó el dibujo. Había coloreado a Lucia con tonos delicados, no nuevos, no falsos. Verdaderos.
Los pescadores lo vieron y dijeron: «Es exactamente ella.»
Desde entonces Lucia ya no se escondió al atardecer. Esperaba la oscuridad como se espera a un amigo que sabe encender las partes tranquilas.
Las barcas nuevas seguían brillando de día.
Lucia brillaba cuando el puerto se calmaba.
Y descubrió que no todos los colores tienen que ser fuertes para ser bellos. Algunos necesitan la tarde para decir quiénes son.
