Nando era un gato blanco con una mancha gris en el muslo y una gran pasión por los alféizares.
Entre todos, prefería el de la cocina, donde había una maceta de menta y se veía un pedacito de mar a lo lejos.
Aurora lo observaba.
«Nando duerme siempre.»
Mamá sonrió. «Nando descansa bien.»
Aurora no entendía la diferencia. Ella, cuando se detenía, pensaba enseguida en lo que podría hacer: un dibujo, una carrera, una pregunta, un juego.
Una tarde se enfadó porque una torre de cubos cayó tres veces. Nando abrió un ojo desde el alféizar e hizo mrrr.
«¿Qué quieres?»
El gato golpeó la cola una vez. Luego movió una pata, cerró los ojos y respiró.
Aurora lo imitó por juego. Apoyó la espalda en la silla. Inspiró. Sintió la menta. Espiró. Sintió el mar lejano, o tal vez lo imaginó.
Nando abrió el otro ojo, satisfecho.
En el alféizar, entre sus patas, había algo: un sueño pequeño, enrollado como un ovillo.
«¿Es tuyo?»
Nando lo empujó hacia ella.
Aurora cerró los ojos. En el sueño construía una torre lenta, un cubo cada vez. Cuando caía, se reía.
Después del descanso volvió a los cubos. La torre cayó otra vez, pero ella no gritó. Tenía más espacio dentro.
Desde entonces Aurora aprendió el descanso del alféizar: menta, respiración, ojos cerrados, ninguna prisa.
Y Nando, maestro silencioso, siguió durmiendo como quien conoce un secreto antiguo.
