Detrás de la casa de campo había un sendero de piedras claras.
De día el sol las calentaba. De noche, cuando el aire se volvía fresco, las piedras seguían tibias durante un rato. Leo caminaba descalzo y decía:
«Parece que el día no quiere irse.»
El abuelo se sentaba en el murete.
«No es el día. Es la memoria del sol.»
Leo tocó una piedra con la mano. Estaba caliente, pero no quemaba.
«¿También las piedras recuerdan?»
«A su manera.»
Aquella tarde Leo estaba triste porque su prima se había marchado. Habían jugado durante una semana entera, y ahora el patio parecía vacío.
Caminó por el sendero. Cada piedra tibia le devolvía una imagen: una carrera, una risa, un melocotón comido sentados, una carrera de hormigas inventada.
Le dieron ganas de llorar.
«Si recuerdo, la echo más de menos.»
El murete habló despacio: «Al principio sí. Luego el recuerdo se convierte en un lugar donde sentarse.»
Leo se sentó sobre una piedra ancha. El calor le pasó a las piernas. No trajo de vuelta a su prima, pero hizo que el vacío estuviera menos frío.
Al día siguiente recogió una piedrecita caída del borde del sendero y la puso en el escritorio. No para detener la semana, sino para despedirla bien.
Cuando echaba de menos a alguien, la tomaba en la mano.
A veces estaba fría. Entonces Leo cerraba los ojos y dejaba que el calor volviera desde dentro.
Comprendió que la memoria es así: no impide que las cosas se vayan, pero guarda una pequeña luz para la tarde.
