Junto al muro de piedra seca, donde las lagartijas se calentaban por la mañana, crecía una chumbera.
Tenía palas verdes y anchas, flores amarillas y frutos pequeños que el sol coloreaba poco a poco. Todos en el jardín le pedían algo.
«Dame una flor», decía la abeja.
«Dame sombra», decía el caracol.
«Dame un fruto», decía el mirlo.
La chumbera intentaba decir que sí a todos. Doblaba una pala, abría una flor demasiado pronto, dejaba caer un fruto antes de que estuviera listo. Por la noche se sentía cansada y un poco vacía.
La Luna la vio caída.
«¿Qué ha pasado?»
«Quiero ser amable», dijo la chumbera. «Por eso digo que sí.»
«¿Siempre?»
La planta asintió.
La Luna tocó una espina con luz plateada.
«Tienes espinas por una razón. No para hacer daño. Para guardar la distancia justa.»
A la mañana siguiente volvió la abeja.
«¿Puedo tener todas las flores?»
La chumbera respiró.
«Puedes visitar esta. Las otras todavía descansan.»
La abeja zumbó, luego aceptó.
Llegó el caracol.
«¿Puedo dormir sobre tu pala más joven?»
«No», dijo la chumbera suavemente. «Aún es tierna. Puedes descansar en mi sombra.»
Al caracol le pareció una buena sombra.
El mirlo vino por el fruto.
«Hoy no. Todavía no está dulce. Vuelve cuando esté rojo.»
El mirlo se decepcionó, pero volvió tres días después, y el fruto estaba perfecto.
Por primera vez la chumbera no se sintió egoísta. Se sintió entera. Sus flores se abrieron en el momento justo. Sus frutos maduraron. Su sombra se hizo más fuerte.
El jardín aprendió su nuevo idioma: sí, ahora no, esto no, aquí mejor.
Y la chumbera entendió que un no delicado puede proteger un sí futuro.
