Lulú era una luciérnaga con un puntito de luz en la cola.
No era el más grande del campo, pero era suyo. Cada noche lo encendía entre el trigo y las amapolas, dibujando pequeñas figuras en el aire.
Una noche, mientras jugaba a hacer espirales, el puntito cayó.
Plip.
Terminó sobre una espiga.
Lulú miró su cola apagada y sintió un vacío.
«Ya no soy una luciérnaga.»
El grillo la oyó.
«Eres Lulú.»
«Pero no brillo.»
«Ahora no.»
Lulú buscó el puntito entre las espigas, pero había mil reflejos: Luna, rocío, ojos de insectos, pétalos claros. Se cansó y se sentó.
Una mariquita se acercó.
«¿Me ayudas a encontrar el camino?»
«No puedo. Estoy apagada.»
«Pero tienes ojos.»
Lulú miró. Incluso sin luz veía el sendero entre las espigas. Acompañó a la mariquita hasta una hoja segura.
Luego ayudó a una hormiga a evitar una gota. Luego escuchó a un mosquito que tenía miedo de la oscuridad.
Con cada gesto, la cola de Lulú se calentaba un poco.
No brillaba todavía, pero no estaba vacía.
Al final encontró el puntito en la espiga. Lo tomó con delicadeza. Cuando lo colocó de nuevo, la luz volvió, pero distinta: más suave.
Lulú entendió que su valor no había estado encerrado dentro de aquel punto. El punto era bello, sí. Pero también apagada tenía ojos, cuidado, voz, presencia.
Desde entonces brilló sin miedo a brillar menos.
Porque sabía que era Lulú también en las noches sin luz.
