Cada mañana temprano, antes de que el pueblo abriera los ojos, el tío Nanni salía con su barca pequeña.
No siempre pescaba peces. Algunos días pescaba silencio. Otros, reflejos. Otros, respiraciones.
Matteo lo descubrió un domingo, cuando subió a la barca con él.
«¿Dónde está el cebo?»
«Hoy no hace falta.»
El tío Nanni tomó una red ligera, casi transparente.
«Esta atrapa solo respiraciones profundas.»
Matteo se rio. «Las respiraciones no se pescan.»
«Entonces miremos.»
El mar estaba tranquilo, pero Matteo no. Hablaba deprisa, movía los pies, hacía una pregunta encima de otra.
El tío Nanni lanzó la red.
«Primera respiración.»
Inspiró despacio. El pecho subió. La red se movió apenas.
«Segunda.»
El mar hizo plof contra la barca.
Matteo lo intentó. Al principio la respiración salió corta. La red quedó vacía.
«No la fuerces», dijo el tío. «Invítala.»
Matteo miró el agua. Inspiró por la nariz, espiró por la boca. La red tembló y recogió una burbuja grande.
«¡La he pescado!»
«La has dejado llegar.»
Continuaron así: respiración, ola, burbuja. Cada burbuja en la red brillaba un momento y luego estallaba sin ruido.
Cuando volvieron al puerto, Matteo se sentía más ligero. No había llevado peces a casa, pero había aprendido algo útil.
Esa noche, en la cama, cuando los pensamientos corrían, imaginó la barca del tío Nanni. Lanzó una red invisible.
Primera respiración.
Segunda.
Tercera.
Y poco a poco la calma picó el anzuelo.
