En el jardín de la escuela había un granado bajo, con ramas finas y frutos rojos que parecían pequeñas linternas cerradas.
Los niños pasaban corriendo. Casi nadie lo miraba, salvo Sami, a quien le gustaba detenerse donde los demás pasaban deprisa.
Un día vio un fruto abierto. Dentro brillaban muchas semillas rojas.
«Parecen rubíes», dijo.
«Son gracias», respondió el granado.
Sami dio un paso atrás. «¿Los granados hablan?»
«Solo cuando alguien mira despacio.»
Una semilla cayó sobre la piedra tibia. No rodó. Se quedó allí y produjo una pequeña luz.
«¿Por qué quieres dar gracias hoy?», preguntó el árbol.
Sami pensó en cosas grandes: un regalo, una fiesta, un viaje. Pero no se le ocurrió nada.
«No lo sé.»
«Entonces busca pequeño.»
Sami miró alrededor. La fuente tenía agua fresca. La maestra le había sonreído al entrar. Marco le había prestado la goma. El pan de la merienda estaba crujiente.
«Gracias por la goma de Marco», dijo.
La semilla brilló.
Cayó otra.
«Gracias por el agua fresca.»
Otra luz.
Sami sonrió. Los gracias pequeños estaban por todas partes. No hacían ruido, pero cuando los nombraba se volvían visibles.
Al día siguiente llevó a dos compañeros.
«Tenéis que mirar despacio», explicó.
Al principio se rieron. Luego uno dijo: «Gracias porque hoy no perdí el lápiz.» Una semilla brilló. El otro dijo: «Gracias porque Luca me esperó.» Otra semilla se encendió.
Pronto, bajo el granado, las piedras parecían llenas de luciérnagas rojas.
La maestra notó que los niños discutían un poco menos. No porque se hubieran vuelto perfectos, sino porque habían aprendido a ver los gestos buenos antes de que desaparecieran.
Al final del otoño, el granado perdió sus últimos frutos.
Sami se preocupó. «¿Y ahora dónde van los gracias?»
El árbol susurró. «A vuestras manos.»
Ese día Sami prestó su goma a un niño más pequeño. Cuando el niño dijo «gracias», Sami sintió una pequeña luz encenderse dentro. No era una semilla. O quizá sí.
