A los pies del Etna, donde la tierra es oscura y las retamas huelen a sol, vivía una niña llamada Irene.
Cada noche miraba la montaña desde la ventana. A veces veía una nube en la cima y pensaba que el Etna llevaba un sombrero. Otras veces la cima estaba libre y parecía un gran hombro contra el cielo.
Una noche Irene no conseguía dormir. Había corrido, hablado, dibujado, discutido un poco, hecho las paces y ayudado en la cocina. Estaba cansada, pero el cuerpo no quería detenerse.
Abrió la ventana.
«Montaña, ¿tú también te cansas?»
Por un momento no pasó nada. Luego desde la cima llegó un suspiro profundo.
«Claro», dijo el Etna. «Sostengo árboles, piedras, senderos, nieve, viento y todas las miradas de quienes me miran.»
Irene se sentó.
«¿Y cómo descansas?»
Del cielo bajaron nubes bajas, suaves, gris perla. Una tras otra se posaron sobre las laderas, cubriendo la montaña como una gran manta de lana.
«Así», dijo el Etna.
Irene sonrió. La montaña no desaparecía. Solo se dejaba cubrir un rato.
«Yo, cuando estoy cansada, sigo moviéndome.»
«Entonces el sueño no encuentra sitio», respondió la montaña.
Irene tomó su manta de la cama y se la puso sobre los hombros. No era grande como la del Etna, pero bastaba.
Se sentó en silencio y respiró.
Una nubecita se desprendió de la cima y llegó hasta la ventana. Era pequeña como una almohada. Irene la vio posarse en el alféizar y deshacerse en una gota fresca.
La tocó con un dedo.
«Buenas noches», dijo a la montaña.
Volvió a la cama. Esta vez no intentó dormirse a la fuerza. Se dejó cubrir. Sintió el peso bueno de la manta, la respiración que se hacía lenta, los pensamientos que se volvían nubes.
A la mañana siguiente el Etna estaba otra vez claro contra el cielo.
Irene entendió que había descansado sin dejar de ser montaña. Desde entonces, cuando estaba cansada, decía: «Necesito una manta de nubes.» Y se daba permiso para detenerse.
