En un limonar cerca del mar crecía Limo, un limón amarillo y brillante.
Cada mañana miraba al sol subir por encima de los árboles y suspiraba.
«Quisiera ser él.»
El sol iluminaba todo: el mar, las casas, las calles, las hojas. Todos lo esperaban. Todos lo saludaban.
Limo, en cambio, estaba colgado de una rama.
«Soy solo un limón.»
Las hojas intentaron consolarlo.
«Eres perfumado.»
«No basta.»
«Eres luminoso.»
«Pero no ilumino el mundo.»
Una noche Limo decidió convertirse en sol. Retuvo todo su amarillo dentro de sí. Se esforzó, se hinchó, se puso calentísimo.
Pasó una luciérnaga y dijo: «¿Estás bien?»
«Me estoy convirtiendo en sol.»
«Pareces un limón con dolor de barriga.»
Limo se ofendió.
Al día siguiente el calor lo había dejado cansado. La piel estaba menos brillante. Una niña llamada Ada entró en el limonar con su abuela.
«Este limón parece triste», dijo.
Limo habría querido esconderse entre las hojas.
La abuela lo recogió con delicadeza.
«Tal vez quería ser algo que no es.»
Ada lo olió.
«Pero huele maravillosamente.»
En la cocina, la abuela cortó a Limo por la mitad. Él tuvo miedo de desaparecer. En cambio ocurrió algo nuevo: su perfume llenó la habitación. Ada exprimió unas gotas en una jarra de agua fresca. La bebió después de correr y sonrió.
«Sabe a sol.»
Limo, dentro de la jarra, se asombró.
No se había convertido en sol. Pero había llevado un sabor de sol al agua.
La abuela usó un poco de cáscara para un bizcocho. Otro poco para perfumar las manos. Las semillas fueron puestas en la tierra.
«¿Ves?», dijo una hoja desde el alféizar. «Tu luz no está en brillar desde lo alto. Está en perfumar de cerca.»
Limo entendió.
No podía calentar el mar ni despertar al pueblo. Pero podía hacer fresca el agua, alegre un bizcocho, limpias las manos, nueva una semilla.
Unas semanas después, de la tierra salió una plantita. Era pequeña, con dos hojas verdes.
Ada la saludaba cada mañana.
Limo no se había convertido en sol.
Se había convertido en limón del todo.
Y descubrió que eso bastaba para llevar luz.
