El melocotonero del jardín tenía muchas flores rosas y un gran deseo de llenarse de frutos.
«Rápido», decía a las flores. «Convertíos en melocotones.»
Las flores temblaban.
Llegaron las abejas con las patas doradas y un trabajo serio que hacer. Visitaban una flor, luego otra, zumbando bajito.
«Más rápido», dijo el melocotonero. «Hay muchas flores.»
Una abeja se detuvo en una rama.
«Si nos apuras, no oyes lo que necesita cada flor.»
El melocotonero se sorprendió. «Las flores necesitan abejas. Eso es todo.»
«Escucha.»
Entonces el árbol escuchó.
Una flor seguía cerrada porque la mañana había sido fría. Una necesitaba sol. Una estaba lista. Una ya había recibido visita y quería quietud. Las abejas lo sabían tocando, oliendo, esperando.
El melocotonero se avergonzó. Había visto todas las flores como una sola nube rosa.
Durante el resto del día no dijo nada. Dejó que las abejas trabajaran a su ritmo. Sostuvo las ramas cuando llegó viento. Abrió hojas para dar un poco de sombra.
Pasaron semanas. Algunas flores cayeron. Algunas se convirtieron en frutos verdes diminutos. Algunas ramas quedaron vacías.
«¿Las he perdido?», preguntó el árbol.
«No», dijo la abeja. «No todas las flores se vuelven fruto. Pero todas han participado.»
En verano maduraron los melocotones, no todos juntos. Uno primero. Luego tres. Luego muchos.
El árbol aprendió a esperar a cada uno. Descubrió que escuchar no vuelve más lento el crecimiento. Lo vuelve más verdadero.
Y cuando los niños vinieron a recoger melocotones, el árbol susurró suave, casi como un canto de abeja.
