En un sendero de montaña había una piedra gris y pequeña.
Cada día veía pasar zapatos: botas de pastores, sandalias de niños, bastones, patas, ruedas. Todos iban a alguna parte.
«Yo quiero viajar», dijo la piedra.
El sendero respondió: «Ya ves muchos viajeros.»
«No es lo mismo. Quiero ver el mar.»
Una mañana un niño llamado Elio se detuvo para atarse el zapato. Recogió la piedra y la metió en el bolsillo.
La piedra estaba encantada. Bajó por el sendero, atravesó el pueblo, pasó junto a una panadería, subió a un autobús y finalmente llegó a la orilla.
El mar era enorme.
«Así que esto es azul», susurró la piedra.
Elio la puso sobre la arena junto a su toalla. La piedra escuchó olas, gaviotas, cubos, risas. Por la tarde Elio quiso llevársela a casa, pero su madre dijo: «Si pertenece a la montaña, quizá deberíamos devolverla.»
Así que la piedra viajó de regreso.
Cuando volvió al sendero, las otras piedras preguntaron: «¿Cómo es el mar?»
La piedrecita les contó: movido, salado, brillante, nunca quieto. Les habló de espuma y conchas, de niños cavando ríos, del sol hundiéndose en el agua.
Desde entonces la piedra siguió en el sendero de montaña, pero ya no era la misma. Llevaba el mar dentro de su historia.
Los viajeros continuaron pasando. A veces la piedra sentía el antiguo deseo. Entonces recordaba: un viaje no es solo quedarse lejos. Es volver con el corazón más ancho.
Y cuando la lluvia corría por el sendero, la piedra sonreía.
Un mar pequeñísimo había venido a visitarla.
