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El teatro de las sombras suaves

En un teatrillo con telón violeta, las sombras dejan de asustar a Lia y aprenden a convertirse en formas amables en las paredes.

Ilustración para El teatro de las sombras suaves

En el teatrillo de la escuela había un telón violeta y una lámpara pequeña detrás del escenario.

Cada viernes los niños hacían funciones con figuras de cartón: gatos, árboles, barcas, lunas. De día era divertido. De noche, sin embargo, cuando la sala se vaciaba, las sombras en las paredes parecían más grandes.

Lia nunca quería quedarse la última.

«Las sombras me miran», decía.

Una tarde olvidó el cuaderno bajo una silla. Volvió con el maestro y vio en la pared una forma larga, con dedos finos.

«Ahí está.»

El maestro no encendió todas las luces enseguida. Tomó la figura del árbol y la acercó a la lámpara.

La sombra grande se movió.

«Es el árbol», dijo.

Luego tomó el gato. La sombra se volvió pequeña y curva.

Luego la barca. Luego la Luna.

Lia miró mejor. Las sombras no eran monstruos. Eran cosas conocidas cuando la luz las estiraba.

El telón violeta crujió.

Desde la pared llegó una voz suave.

«No queríamos asustarte. Somos dibujos sin color.»

Lia se acercó. Puso la mano delante de la lámpara. En la pared apareció una sombra con cinco dedos.

La movió despacio. Parecía una caricia.

«Yo también puedo hacerlo.»

Desde aquel día Lia inventó el teatro de las sombras suaves. Antes de apagar la luz, hacía aparecer en la pared una mano, un pajarito, una barquita. Daba nombre a las formas.

Cuando llegaba la oscuridad, ya no estaba llena de desconocidos.

Era una habitación donde las cosas dormían en otra forma.

Moraleja: La oscuridad asusta menos cuando aprendemos a reconocer las formas que guarda.
Nota Montessori: Después de la lectura, invita al niño a recordar un gesto concreto del cuento y a relacionarlo con calma con la emoción de la noche.
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