Bianchina era una cabrita ágil, nacida en una colina perfumada de tomillo y romero.
Saltaba sobre piedras, muretes, raíces, cajas vacías. Cada vez preguntaba:
«¿Más alto?»
Una tarde vio la Luna sobre la colina. Era redonda, cercana, luminosa.
«Saltaré hasta allí», dijo.
El viejo macho cabrío levantó una ceja. «La Luna está más lejos de lo que parece.»
«Entonces saltaré más fuerte.»
Bianchina tomó carrera. Saltó un arbusto. Luego una piedra. Luego un muro. Llegó al borde de una roca alta y miró abajo. Por primera vez le temblaron las patas.
«Si salto otra vez, quizá caiga.»
La Luna habló con voz clara.
«No tienes que alcanzarme con las patas.»
«Pero yo quiero llegar.»
«Entonces encuentra un modo seguro.»
Bianchina bajó de la roca. Estaba un poco decepcionada. Luego vio un charco de lluvia. Dentro estaba la Luna, entera, temblorosa, muy cerca.
La cabrita hizo un salto pequeño y cayó junto al charco.
«¿He llegado?»
«Bastante por esta noche», dijo la Luna.
Bianchina se rio. No había saltado hasta el cielo, pero había encontrado la Luna sin hacerse daño.
Desde aquel día siguió saltando, pero escuchaba las patas. Si la piedra era demasiado alta, buscaba un sendero. Si la carrera era excesiva, frenaba. Si el deseo era grande, lo acercaba con inteligencia.
Comprendió que un límite no dice siempre «no puedes». A veces dice: «puedes, pero por otro lado, de otra manera, permaneciendo entera».
