En el pueblo blanco sobre el mar vivía un viento pequeño.
No era como el mistral, que llegaba corriendo, ni como el siroco, que entraba cálido y confundido. Este viento era ligero y tenía una costumbre extraña: pedía permiso.
Delante de una ventana hacía toc toc con la cortina.
«¿Puedo entrar?»
Si la ventana estaba cerrada, seguía adelante. Si estaba entreabierta, entraba despacio, moviendo apenas los papeles de la mesa.
Los niños del pueblo lo llamaban Viento Por favor.
Una tarde llegó Leo, que tenía prisa por mostrar su cometa nueva. Entró en la habitación de su hermana sin llamar, tomó el hilo de colores y salió corriendo.
La hermana gritó. El hilo se enredó. La cometa cayó.
Leo se enfadó. «¡Es culpa del hilo!»
En ese momento la cortina hizo toc toc.
«¿Quién es?», preguntó Leo.
«¿Puedo entrar?», dijo el viento.
Leo resopló. «Entra.»
El viento entró despacio y casi no movió nada. Rozó el hilo enredado, pero no tiró de él. Esperó.
«¿Por qué no lo desatas?», preguntó Leo.
«Porque no es mío. Puedo ayudar si me lo pides.»
Leo miró el hilo, luego la puerta de su hermana. Entendió.
Fue hasta ella.
«¿Puedo usar tu hilo? Perdón por haberlo cogido.»
La hermana lo miró. No sonrió enseguida, pero asintió.
«Puedes. Pero lo desatamos juntos.»
El viento entró por la ventana, esta vez invitado. Movió el hilo lo justo para que los nudos se vieran mejor. Leo y su hermana trabajaron despacio.
Cuando la cometa volvió a estar libre, salieron a la plaza. El viento pidió permiso también a la cometa: la levantó poco a poco, sin arrancarla.
La cometa subió alto.
Leo sintió el hilo entre los dedos y pensó que pedir permiso no hacía perder tiempo. Evitaba los nudos.
Desde aquel día llamó antes de entrar. Preguntó antes de coger. Esperó una respuesta.
Y cuando la cortina hacía toc toc, sonreía. El viento amable venía a recordarle que incluso el aire, cuando es educado, pasa mejor.
