En el horno de doña Rosa, el pan salía al amanecer.
Antes de que el pueblo abriera las ventanas, las hogazas ya estaban doradas, la harina flotaba en el aire y el perfume llegaba hasta la calle.
Bajo una baldosa cerca de la puerta vivía Mina, una hormiguita pequeña pero muy decidida.
Una mañana encontró una miga caliente caída del mostrador. Era grande, perfumada y tenía forma de estrella.
«La llevaré al hormiguero», dijo.
Intentó empujarla. Nada.
Intentó tirar de ella. Nada.
Se subió encima de la miga y dijo: «¡Adelante!»
La miga no se movió.
Mina no quería pedir ayuda. Le gustaba ser la que conseguía las cosas. Pero el pan se enfriaba y el hormiguero estaba lejos.
Llegó Pino, una hormiga joven.
«¿Te ayudo?»
«No, puedo sola.»
Pino se sentó a su lado y esperó. No se rió. No insistió.
Mina volvió a intentarlo. La miga se movió medio milímetro.
«Quizá», dijo en voz baja, «puedas empujar desde ese lado.»
Pino sonrió. Se pusieron una a la derecha y otro a la izquierda. La miga se movió.
Luego llegó Lalla. Luego Neri. Luego la tía hormiga con las antenas torcidas. Cada uno tomó un punto.
«Uno, dos, tres.»
La miga avanzó. No rapidísimo. Pero avanzó.
Cruzaron la baldosa, superaron un grano de sal, evitaron una gota de agua. Cuando una hormiga se cansaba, otra ocupaba su lugar.
Mina caminaba delante, pero ya no mandaba. Escuchaba.
Llegaron al hormiguero mientras la miga aún estaba tibia.
Todos la compartieron.
Mina tomó un trocito pequeño. Sabía a pan, a horno y a manos amigas.
«Sola no la habría llevado», dijo.
La tía hormiga asintió. «Una estrella pesa menos cuando tiene muchas patitas debajo.»
Desde aquel día Mina siguió siendo decidida. Pero cuando encontraba algo demasiado grande, ya no lo llamaba derrota. Lo llamaba trabajo juntos.
