La Luna sabía muchas cosas.
Conocía los caminos del mar, los tejados dormidos, los campos de trigo, los gatos que cruzaban las terrazas y las campanas que descansaban por la noche. Pero no sabía todos los nombres de los niños.
Eso la entristecía.
«Brillo sobre ellos», dijo, «pero ¿saben que los veo?»
Una tarde bajó sus rayos sobre los tejados sicilianos: uno sobre una casa con persianas azules, otro sobre un balcón de albahaca, otro sobre una habitación con una manta roja.
Un niño llamado Amir miró la ventana. En el vidrio aparecieron letras de plata.
Amir.
Llamó a su hermana.
Otro rayo escribió: Lina.
En otro pueblo, sobre una cama pequeña junto a un armario, apareció el nombre Sofía. En una casa de campo: Nino. En una terraza frente al mar: Elena.
Los niños no reaccionaron todos igual. Algunos rieron. Algunos tocaron las letras. Algunos se quedaron callados porque ese día se habían sentido invisibles.
La Luna continuó con cuidado. No gritaba nombres por el cielo. Escribía cada uno en la ventana justa, con una luz que desaparecía si se tocaba demasiado deprisa.
Un niño que había quedado fuera de un juego vio aparecer su nombre lentamente.
Matteo.
Susurró: «Te has acordado de mí.»
«Sí», dijo la Luna. «Pero más importante: debes acordarte tú de ti.»
Esa noche muchos niños se durmieron sintiéndose menos solos. Sus nombres no eran etiquetas. Eran pequeñas linternas.
Desde entonces, cuando la Luna estaba clara, los niños miraban sus ventanas. A veces no aparecían letras. Aun así, sabían que la Luna seguía aprendiendo, noche tras noche.
Y la Luna entendió que iluminar el mundo es hermoso, pero llamar con delicadeza a alguien por su nombre es una luz más profunda.
