Tito era un dragoncito verde que vivía en un limonar donde los frutos parecían lunas amarillas.
A esa hora el día no terminaba de golpe. Se doblaba despacio: una sombra azul en la pared, el mar más bajo, el olor tibio de la piedra, de las hojas y de la cena que salía de las casas cercanas.
Cada vez que estaba contento, sorprendido o avergonzado, le salían llamitas de la boca y asustaba hojas, polillas y amigos.
La noche respondió sin hacer ruido. Un lombriz con sombrero de hoja le dio tres piedras: respirar, guardar el calor, soplar como para calentar leche. Nadie lo anunció; apareció simplemente, como suele aparecer la mejor magia para dormir: cerca de las manos y lo bastante suave para no asustar a nadie.
Tito practicó noche tras noche; al principio fallaba, luego consiguió una llama más pequeña y redonda.
Así la historia empezó a caminar en pasos pequeños. No había carreras, ni lecciones ruidosas, ni discursos de adultos que lo explicaran todo. Cuando el viento apagó la linterna cerca del pozo, una niña quedó a oscuras entre los limoneros.
Después llegó el instante en que la pequeña dificultad cambió de forma. Tito sintió subir el fuego, pero recordó las piedras y encendió la linterna con un soplo dorado y fino.
La luna siguió sobre los tejados y el lugar volvió a quedarse tranquilo. Lo que antes parecía confuso o demasiado grande ahora estaba hecho de partes pequeñas: una respiración, una mirada, un gesto cuidadoso, un intento más.
Desde entonces su fuego no desapareció. Se volvió más amable, y los limones brillaron a su alrededor como pequeñas lunas tranquilas.
Cuando por fin llegó el sueño, llegó despacio. El niño que escucha el cuento casi puede oír lo mismo que aprendieron los personajes: ir sin prisa, mirar lo cercano y dejar que la noche se vuelva amiga.
Ritual de lectura: Leer despacio, dejando una pausa suave entre las escenas para que el niño imagine el lugar antes de nombrar la emoción.
